Miradas
furtivas, hay que ver cuanto nos gusta esa palabra. Pero sin duda, es la que
mejor define aquello que nace secretamente frente a asesinos impasibles, sembradores
gratuitos de dolor. Él se delataba
mientras ella, como en otro juego más, complacida se hacia la tonta. Un cazador
que poco a poco creía estar acercándose cada vez más a su presa, pobre iluso,
sin saberlo había sucumbido. No dejaba de ser una más, un clavo ardiendo pero
con una huella imborrable como ninguna otra antes.
Le hizo
perder el control, dejó que los sentimientos brotaran como nunca había hecho.
El idiota “clave” que se cruzaba en su vida, destrozándolo todo a su paso
¿acaso importaba? Demasiados pedazos quedaron esparcidos, pequeños pero
hirientes. Un dolor que aunque no se vea, también sangra. De la noche a la
mañana había caído en lo más profundo del abismo. Desconcertada, asustada, débil
y lo peor de todo, olvidada. Arrastrándose con las pocas fuerzas que le
quedaban, recogía uno a uno los cristales que conformaban su alma, su corazón.
Arrancó el hilo rojo que les unía, uno de los extremos hace tiempo que estaba
suelto. Enhebró la aguja, cerrar heridas significa seguir sufriendo, un dolor
necesario.
Con
cada despreció, se resquebrajaba todavía más. Habían cambiado de tablero y ella
iba perdiendo. Cada lágrima que sangraba se esfumaba antes de llegar al suelo,
escondidas tras esa máscara de “estoy bien”.
Un
cofre de hielo, el guardián de tal preciado tesoro hecho pedazos. Envuelto con
un hilo rojo que lo mantenía siempre cerrado. Mientras, él continuaba su camino
pero ahí seguía el otro extremo del hilo, anudado a su dedo meñique.
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