¿De
verdad creías que me había olvidado de ti? Hasta el veneno que escupen las
víboras es menos dañino. Una sonrisa en compañía de dulces palabras con esa voz
de niña que, si cariño, denota esa falsedad que tratas de esconder. Dicen que a
los enemigos hay que tenerlos más cerca, si mal no recuerdo la envidia sigue
siendo un pecado capital. Tienes tu asiento guardado en el infierno. Estás tan
cerca que puedo sentir como acaricia mi espalda ese brillante filo, cuyo mango
sujetas tú. Marcando la equis, fijando el punto exacto que atravesará mi piel,
que me hará sangrar, pero hasta que no caigan las primeras gotas crees que no
seré consciente de tu ataque. ¿Cuánto tiempo llevas ya moviendo los peones de
esta partida de ajedrez? Ya veo a la reina blanca asomar entre sus filas de
caídos, mientras las fichas negras se limitan a defender la “frontera”. No, el
momento de que la más oscura de las monarcas triunfante recorra el camino de
baldosas aun esta por llegar. Tú dominas el engaño y la mentira, una máscara
ficticia, yo mantengo el control de la paciencia.
En esas
horas de letargo bajo un manto de noche, con la lumbre de una luna menguante,
pensé. Ese afán por analizar situaciones, conversaciones, actos y palabras. Un
mapa conceptual que con la pared no alcanza, todo te delata. Pero por muy
calculados que tengas tus pasos, sin desviarte un minúsculo centímetro, ningún
crimen es perfecto. La línea que separa el éxito del error es muy estrecha.
Adoro observarte desde mi sillón de terciopelo azul, una buena posición desde
la que poder ver tu caída. Esos lazos familiares, hermana era la palabra que
utilizabas, pero jamás fuiste de sangre. Un título gratuito otorgado por
alguien todavía más vil que tu. Ponte cómoda mientras disfrutas del tiempo que
te queda, ahora me toca mover ficha a mi y créeme, no nos vamos a aburrir. Ya
estoy oliendo a mi presa.